... y el Oeste
Hay hombres que han nacido para ser personajes de novela. Uno de ellos es Luis Gálvez Rodríguez de Arias. Es un gaditano de San Fernando, de buena familia, enchufado en el Banco de España y, al parecer, jugador, duelista y donjuán. Sus aficiones, o el exceso de ellas, le llevaron a firmar algunos cheques sin fondos. Se libró de la cárcel, pero no de la infamia, y tomo el camino de las Américas. Nos lo encontramos en Buenos Aires, de donde tiene que huir por asuntos de faldas (y espadas). Parece que aprendió, porque hizo fortuna en Río de Janeiro, pero entonces le rondó la mala suerte y la disputa entre los confederales y el régimen imperial. El conflicto y el sitio le llevaron a la quiebra. Ya ven, del Banco de España a Buenos Aires, de allí a Río. Como un personaje de Conrad, la siguiente estación tenía que estar en los límites de la "civilización", y ese límite estaba en Manaos, el lugar donde se unen el río Negro y el Amazonas, en pleno centro de la Amazonia.

(Bueno. Me habría venido bien que fuera así. Pero no es verdad. Verán, allá por 1880 se empezaron a usar los neumáticos. Hay un árbol, la Hevea brasiliensis que produce el mejor látex del mundo, y con el látex se fabrica caucho - ¿ya he contado esto? - Y claro, sucedió que, hasta que un inglés (1) -pérfida Albión- robó unas semillas del arbolito y se los llevó a Ceilán y Malasia, Manaos fue una de las ciudades más prósperas del mundo. Los seringalistas, concesionarios de las explotaciones, utilizaban a los indios y mestizos, llamados seringueros para recoger el látex y vendían el preciado material en Manaos y Belem. Nos dicen que Manaos fue "considerada la ciudad brasileña más desarrollada y la más próspera de la ciudades del mundo, Manaos era la única ciudad del país en tener luz eléctrica y sistema de agua por caños y alcantarillas. El apogeo del ciclo del Caucho se dio entre los años 1890 y 1920, época en que la ciudad gozaba de tecnologías que otras ciudades del sur de Brasil aún no tenían, como ser tranvías eléctricos, avenidas construidas sobre pantanos, edificios imponentes y lujosos, como el Teatro Amazonas, el Palacio de Gobierno, el Mercado Municipal y el predio de la Aduana". Podría dejarlo aquí, ya se han hecho una idea, pero ¿cómo no mencionar que en Manaos se pimplaba más champán que en Francia, y que la ropa de los potentados se mandaba a lavar y planchar a Londres o París, o que era el lugar del mundo dónde se compraban y vendían los diamantes más gordos? Al menos eso se cuenta -aunque uno se pregunta cómo calcularon lo del champán- y hay algunas pruebas objetivas de la prosperidad. Ahí está la historia del Teatro Amazonas:
Al estilo de las grandes obras malditas, el teatro -del que se apropia Herzog en Fitzcarraldo- comenzó a construirse en 1882, pero tardó más de quince años en ser terminado, y luego lo han tenido que restaurar cuatro veces. Hecho por arquitectos italianos, se utilizaron maderas brasileñas talladas en Europa, mármol de Carrara, y cristales de Murano en treinta y dos de las casi doscientas arañas de luces, que usaban, ya entonces, energía eléctrica. Los azulejos eran alsacianos, el mobiliario parisino y el acero escocés. Y, como prueba de máxima modernidad, el acceso al teatro se pavimentó con caucho, evitando el molesto ruido de las ruedas de los carruajes. Finalmente pudo ser terminado y los potentados le ofrecieron a Caruso un contrato millonario, pero el tenor, se excusó. Demasiado calor. Así que se representó, sin él, La Gioconda de Ponchielli; era el 7 de enero de 1897. Lo curioso es que, durante más de noventa años, el teatro no volvió a tener representaciones de ópera, hasta que resultó elegido gobernador un tal Amazonino Mendes, que se empeñó en reactivar el teatro contratando, a base de talonario a intérpretes europeos, sobre todo de países del Este.)

Volviendo a Gálvez y dejando por el momento a Conrad, podemos decir que nuestro hombre siguió la ruta del dinero. En Manaos se hace taquígrafo del Congreso del Estado de Amazonas. En ese momento se encuentra con un alma gemela. Se trata de otro oriundo de Cádiz, un tal Guillermo Uhtohff, gracias al cual (espionaje en el consulado de Bolivia) se entera de que los bolivianos quieren vender a los norteamericanos (recuerden la diplomacia del dólar) el territorio de Acre, aún sin explotar en demasía, que pertenece a Bolivia, pero habitado sobre todo por brasileños.
Gálvez lo denuncia públicamente y convence al gobernador del Estado de Amazonas de un plan que parece fantástico y absurdo. Mandará una expedición y ocupará el inmenso territorio (más de un millón y medio de kilómetros) reclamándolo para Brasil.
Pero Gálvez sigue siendo jugador y tiene un plan B. Contacta con los seringueros, que acarician la idea de independizarse, y les pide apoyo. Su ejército es un remedo de otros que ya conocemos (joder que afición). Veinte españoles veteranos de la Guerra de Cuba -y los miembros de una compañía de zarzuela que canta en Manaos - lo mandan, y con el unos cientos de seringalistas. Tanto español no le pasa desapercibido a los norteamericanos que creen ver en la "operación" la vengativa mano del gobierno de España, aún resentido por la derrota. Como si estuviésemos para eso.
En fin, en un vapor remontan el río y veinte días después llegan a Acre. Esta zona del mundo tiene límites absolutamente imprecisos, y será objeto de reclamación por peruanos, brasileños y bolivianos (como sucede con la región de Iquitos). Y además, en el momento en que llega Gálvez, el caos, tras la muerte de Fitzcarraldo y la guerra de los sucesores, se ha impuesto. Así que Gálvez, al llegar, se encuentra con una oposición mínima. Los ocho soldados bolivianos de la zona son capturados y, ¡alucinen!, el 14 de julio de 1899, Galvez se proclama presidente del Estado Independiente de Acre. Sitúa su capital en Puerto Alonso, a la que rebautiza como Puerto Acre, y hace lo que hacen todos los que crean un Estado: se inventa una bandera. Y como ha estudiado leyes, y además era sobrino de un ministro de Marina (ah, ¿no se lo había dicho?), decide que su país tendrá de todo: crea un montón de ministerios, y comienza la construcción de escuelas y hospitales, y de un ejército, claro. Dicen que en su toma de posesión ya anunció: "La Patria nos abandona. Nosotros crearemos otra. Todo para Acre es mi divisa" (¿a qué patria se referiría?).
Se me olvidaba lo más importante. También crea un servicio postal. ¡Y sellos!, que diseña Guillermo Uhtohff. Dicen que sólo quedan seis y que son valiosísimos. Otra de las paradojas de la historia.
Y ahora llega la farsa. Gálvez se toma muy en serio a sí mismo e intenta frenar la falta de reconocimiento internacional y las tímidas respuestas de los bolivianos, declarando el embargo de caucho. Peligroso error. La Junta Revolucionaria no está formada por sans culottes sino por patronos del caucho que no quieren perder dinero. El 28 de diciembre, seis meses después de su discurso, le deponen. Pero "el pueblo" se opone y Gálvez recupera el poder sólo un mes más tarde. Los bolivianos, que habían tomado la capital, son expulsados y Gálvez convoca elecciones. Sin embargo, las autoridades de Brasil, empiezan a estar hartas de ese forúnculo que les ha salido en la selva, así que, en abril de 1900, envían una fuerza que retoma el control y devuelve el territorio a los bolivianos. Gálvez se marcha de vuelta a España.
No termina ahí la historia. Los potentados de Manaos siguen interesados en la independencia del territorio de Acre, así que deciden recuperarla, mandando a un periodista, Orlando Correa, que encabeza una expedición (la "expedición de los poetas"), que proclama una Segunda República en Acre en noviembre de 1900, que dura sólo un mes. Justo hasta que los bolivianos toman de nuevo la capital. Supongo que por fin se dieron cuenta los de Manaos que mandando a cantantes de zarzuela y poetas no iban a conseguir gran cosa, así que para la tercera expedixión contratan a un mercenario, el soldado brasileño José Plácido de Castro. Sí, toma Porto Acre el 24 de enero de 1903 y, ¿ya se lo imaginan? Efectivamente, proclama la Tercera República que ya cuenta con el apoyo del gobierno brasileño y con la pasividad del nuevo hombre fuerte de Bolivia, el coronel Pando, un exiliado en Brasil, que hace el paripé de protestar mientras, en secreto, llega a un acuerdo con el gobierno brasileño para repartirse el territorio. El 17 de marzo de 1903 se firma el Tratado de Petrópolis por el que, Brasil se queda con la mayor parte del territorio de Acre.
En cuanto a Gálvez, que había regresado a Acre en 1903, terminó en Madrid, arruinado y consumido por las fiebres. Murió en 1935.
(1) El inglés que se saltó el castigo, pena de muerte, se llamaba Henry Wickam, y el hecho tuvo lugar en 1876, cuando disimuló el transporte de 70.000 semillas de Hevea, que fueron utilizadas por botánicos londinenses para producir variedades más resistentes y productivas. Había mucho dinero en juego, y lo lograron. Las llevaron a Malasia y Ceilán y hundieron a los barones del caucho sudamericanos. Los norteamericanos reaccionaron, y la Ford construyó en Brasil, Fordlandia, un terreno formado por un millón de hectáreas donde, en 1922 se plantaron 70 millones de semillas de Hevea. Pero no funcionó por lo inhóspito del lugar, la falta de buena mano de obra y las plagas de hongos. Pero eso no evitó que la guerra la ganasen los norteamericanos. La victoria se la dieron sus químicos y el caucho sintético.
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